viernes, 8 de septiembre de 2017

¡FELIZ CUMPLEAÑOS A MI!


*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Los brillantes colores de mi tiara de princesa reflejaban, en este día de setiembre, los rayos que el sol hacía lucir como partículas de oro en un haz de luz que penetraba por la ventana del castillo de ventanas góticas terminadas en punta como la más filosa espada.

Mi vaporoso vestido bailaba conmigo en una danza etérea acompasada con la música de violines que sólo yo escuchaba. Mis padres mil veces me habían tratado de convencer de que esas melodías no existían pero mis dedos reventándoles los ojos con la presión de solo mi fuerza, los habían persuadido de su existencia.

Sus cabezas me acompañaban ahora como pequeños candelabros para una sola vela y custodiaban a las de mis otros invitados que presas de la emoción de mi cumpleaños habían venido a saludarme.

No sé porque me niegan el placer de danzar mi baile, no sé porque no escuchan lo que yo, no sé porque me miran con ese rostro desencajado, no sé porque sus lenguas son tan difíciles de arrancar, pero no imposible, nada es imposible con la fuerza que nos da Dios padre.

Siempre respeté a nuestro Señor, siempre me inculcaron la fe católica. Por esto agradezco cada año al creador por uno más de vida. Especialmente éste en que me había rodeado de mis seres más queridos, los cuales me festejaban entregándome su más preciado don, la vida mortal que representada en sus cuerpos desmembrados daban el color y la humedad a mi pastel de cumpleaños.  Soplemos las velas.  


miércoles, 5 de julio de 2017

EN PUNTITAS

Su pequeña figura rompía el paisaje bicolor del cielo de París. Los colores sangrientos del atardecer trastocaban su silueta oscura que saltaba de techo en techo en los tejados de la ciudad luz.

Sus largos cabellos negros flotaban en el aire con un tiempo retrasado. Se movían lentamente, más lento que el mismo aire que agitaba los transparentes tules de su ropa oscura como el ébano.

En su mente dañada y rota un violín resonaba perpetuo.  Sus notas le hablaban de sangre y hambre, de deseo y muerte.

En puntitas bailaba sobre las rojas tejas de Paris, al fondo, las formas de la Torre Eiffel y Notre Dame adornaban el horizonte sombrío.

El recuerdo de la vida la invadía en su baile sin rumbo, las remembranzas de sus actos que la habían llevado al limbo eterno de donde se escapaba cada luna roja, la hacían danzar frenética esperando, deseando, buscando.

Buscaba niños, pequeños bastardos sin padres, querubines abandonados a su suerte, infantes olvidados por la vida, perdidos, sin destino. ¿Quién más que ella para mecerlos en su seno?¿Quién más que ella para tomar su último aliento? ¿Para absorberlo inhalándolo?¿Quién más que ella para susurrar las más dulces palabras y canciones infantiles antes de cubrir con sus largos dedos sus finos cuellitos y retorcerlos hasta que, en un acto de cruel generosidad, se quebraran hasta la muerte?

Su cuerpo ya se pudría en aquella fosa sin nombre, olvidada por los hombres, despreciada por las mujeres, odiada por las madres. Pero solo aprisionaron su cuerpo, lo flagelaron, lo mutilaron, lo castigaron por la generosidad de sus actos con los huérfanos. Jueces inclementes e ignorantes de su magnificencia que la condenaron.

Pero su alma no fue atada, el príncipe de las tinieblas le soltaba el hilo rojo atado a su tobillo con cadenas ardientes cada luna sangrienta.

Era su recompensa por ser tan fiel seguidora.

De un salto bajó del tejado al adoquín de la calle que frío esperaba su pisada; a unos metros, la puerta del orfanato entreabierta iluminaba la vereda con un fino haz de luz.


domingo, 14 de mayo de 2017

HISTORIAS REALES: PARÁLISIS DE SUEÑO: NUEVA VISITA

La fresca noche de mayo me invitó a la caminata que abrió el apetito que se presentaba como un sonido rugiente en mi estómago.  Paso a paso me acercaba a sus escaparates coloridos, el supermercado me abría sus puertas para saciar mi hambre. Una fruta estaría bien, mi dieta era estricta y ya alcanzaba mi objetivo.

El aire acondicionado envolvía mis fosas nasales dándole a cada respiración una sensación punzante. No había mucha gente, casi nadie en realidad y lo atribuí a la hora en que había llegado. Los pasillos desiertos le daban un aire lúgubre al lugar a pesar de los estantes llenos de colores.

Me acerque a la escalera que llevaba a los empleados al segundo piso, cercana al lugar donde las frutas se exhibían radiantes.

Pasé por debajo de ésta olvidando el dicho de la mala suerte cuando uno pasa bajo una escalera, fijando ya mis ojos en la más hermosa manzana que jamás había visto.

Un golpe seco en la cabeza cegó mis sentidos golpeando inmediatamente mi cuerpo contra el piso frío del lugar.

Abrí los ojos tiritando, mi espalda helada contra el duro suelo y la congeladora tan cerca hacían temblar mi cuerpo desnudo solo cubierto por una mínima toalla.

No podía moverme. Mis brazos y piernas pesaban como si estuvieran echas de sacos de arena. Mi boca se movía sin pronunciar palabra y mi cabeza daba vueltas evitando que mis ojos enfoquen correctamente.

De pronto dos pares de manos me levantaron colocándome sobre el exhibidor de carne del supermercado. Con mucho esfuerzo giré el rostro horrorizándome al darme cuenta de que yo era una de las “suertudas” que eran mostradas sobre la congeladora de carne y no de las que colgaban de los techos, como cerdos en el matadero, traspasados sus hombros con ganchos que desgarraban su carne y músculos que sangraban sobre sus desnudos cuerpos manchando las pequeñas toallas blancas que goteaban el rojo líquido.

Hombres entrados en años y de aspecto grotesco se paseaban entre nosotras mirándonos, levantaban las toallas, contemplando nuestras partes más íntimas, sus miradas morbosas denotaban sus depravadas intenciones.

Intentaba con todas mis fuerzas moverme, salir de ahí, pero me era imposible por el dolor insoportable que me sucedía a cada intento de movimiento. Los hombres iban escogiendo a las mujeres, pagando por ellas a los encargados de aquel lugar asqueroso.

Las tomaban desnudándolas y violándolas ahí mismo ante los ojos horrorizados de las otras víctimas, de los empleados y los otros depravados que se regocijaban ante el espectáculo.

Uno de los viejos se acercó a mi tocándome, levantó la toalla que me cubría destapándome la parte derecha del cuerpo y pagó por mí al sucio hombre que nos cuidaba.

Me tomó tirándome al piso, desnudándome y arrodillándose entre mis piernas. Yo reuní todas mis fuerzas pero apenas lograba mover mis piernas y brazos.

“Cálmate que usaré el destornillador” – me susurro al oído logrando que su asqueroso aliento llegue hacia mí, Con terror me di cuenta que el destornillador no era tal. Era una vara gruesa y larga pintada en la en la filosa punta de rojo y negro.

“El destornillador, el destornillador, el destornillador” – gritaban los depravados alrededor mirando el espectáculo. Me agitaba mirando a los lados, mis ojos desesperados casi se salían de sus órbitas de desesperanza e impotencia.

A mi alrededor, las otras chicas eran violadas cruelmente sin oponer resistencia, sus cuerpos inertes daban la impresión de estar muertos, ni siquiera lo intentaban.

Reuní todas mis fuerzas, el dolor era insoportable pero el asco y el terror lo eran más y logré levantar mis brazos e intenté empujarlo.

De repente, el hombre arrodillado entre mis piernas rejuveneció, pero era la misma persona. El mismo asqueroso pelirrojo de ojos azules que me miraba lascivo babeando de lujuria ante mi cuerpo desnudo e indefenso. Todos los viejos de alrededor aparecían igual, jóvenes ante sus víctimas humilladas y sangrantes.

Eso era imposible ¡tenía que ser un sueño, debía serlo!

Me forcé a abrir los ojos. Ahí estaba yo en la oscuridad de mi habitación. Mis muebles, muñecos y ropa regadas en los mismos sitios. Sentía el peso del tipo sobre mí, su cuerpo me aplastaba y al mismo tiempo ya no estaba ahí. Ahora era sólo una sombra. Logré levantar mis brazos con todo mi esfuerzo y pude clavar mis uñas en su piel, la cual sentí nítidamente, mis uñas se clavaron en su piel dura. En cuanto lo toqué pude ver su forma original.

Su cuerpo era humanoide, de color blanco. Pero no como el blanco pálido de la muerte, sino como un objeto, blanco totalmente sin relieves, ni curvas, ni rectas. Sólo era blanco con negros ojos sin esclerótica, solo negras pupilas que te hundían en lo profundo de un abismo infinito cuando las veías.

Su cabello era negro y dentro del hoyo que era su boca, pude descubrir oscuridad y colmillos.

“Ayúdame” – repetía en mi mente esforzándome por hablar – “ayúdame, ayúdame” – gritaba en silencio con la boca abierta sin pronunciar sonido.

Mis músculos se contrajeron por el esfuerzo realizado, mis puños se ajustaron hundiendo mis propias uñas en mi carne y el dolor desgarró la piel de mi garganta al gritar al fin liberando un frenético alarido.

¡Ayúdame! – fue la palabra que me liberó, que lo hizo huir.

Sola nuevamente en mi cuarto, miré alrededor, todo lucía exactamente igual que hace un momento, exceptuándose solamente por aquel ente, por aquella presencia que me escogió entre todos esos trozos de carne.


Aquel al que no le soy indiferente desde mis más tiernos años. 


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sábado, 22 de abril de 2017

HOMO LUPUS: Enamorados



*Favor de leer el relato con la melodía adjunta.

Angelique se movía entre las sombras de la ciudad que fría le regalaba los vapores de su niebla. Su rojo pelaje al viento se confundía con el aura escarlata de algún demonio en fuga.

Los faroles de aceite despedían su olor acostumbrado y las damas de largos vestidos barrían, sin querer con ellos, las calles. Los carruajes, en su loco correteo, se inclinaban sobre las húmedas piedras del camino al chocar de los caballos.

Escondida en las esquinas más álgidas husmeaba recelosa. Sus grandes ojos brillaban fieros mostrando su lado más salvaje pero su mirada era fija denotando la inteligencia propia de su naturaleza humana.

Un perro callejero le aulló asustado al encontrarla sin querer, un garrazo destrozando su cuello fue lo último que sintió.  Salió de ahí avanzando entre las callejuelas oscuras y húmedas, la lluvia cual clavicordio enfurecido taladraba sus oídos y opacaba el sonido de sus movimientos.

Versalles brillaba en una de sus miles de fiestas. Sangre noble borboteaba entre vinos y champagnes que les darían un sabor alcohólico.

París era tan diferente a Gévaudan, aquel pueblito al sur del que había huido poco antes. Había logrado evadir al caza recompensas que la perseguía incansablemente y regresaba a su ciudad de origen en busca de su familia y su hogar perfecto de perfecta dama.

El enrejado del palacio le impedía la entrada, lo rodeó olfateando, mirando las posibilidades. Los guardias lo cercaban, solo esperaba un descuido de cualquiera de esos jóvenes vigilantes. Solamente necesitaba que se alejen un poco, que ingresaran a uno de los jardines en los cuales ella, amparada por la oscuridad de la noche y su madre luna, era la reina.

Al fondo, el clavicordio, esta vez uno real y no el que siempre taladraba su mente, sonaba ligero envolviendo a los invitados de los bacanales acostumbrados por el soberano inquilino de palacio.

Afuera, la lluvia se convirtió en pálida garua que la acariciaba sutilmente sin lograr entrar en su rojizo pelaje que brillaba como bañado por polvo de ángeles malignos.

Al fin era la loba roja nuevamente, al fin libre a sus instintos de carne y libertad. No apretaban su gentil cuerpo vestidos ajustados ni modales impuestos.

Angelique rugía a la vida, caminó entre los hermosos campos recién podados, el olor de la húmeda tierra la acompañaba. Llegó al lugar más oscuro de los reales jardines de Versalles y ¡ohhh! buena suerte, bendición de algún dios travieso, un hoyo libre de reja la esperaba.

Su musculoso cuerpo se estiro entrando sigilosa.

Los ventanales aullaban de luz y música, las figuras caprichosas se movían de un lado a otro. Hermoso clavicordio que cantaba a la vida, notas suntuosas de lujuria que despertaban su sangre y sus deseos.

Detrás de un arbusto esperó asechando.

Jóvenes enamorados que se alejaban del mundanal ruido para llegar al oscuro jardín, perdiéndose entre los laberintos verdes del césped que formaba muros que los escondían de las miradas lascivas. Se entregaban a sus instintos, a sus carnales intenciones, a sus manos encendidas.

Angelique se acercaba oliendo el deseo que los abrasaba. La joven, con los ojos cerrados no vio venir la sombra roja que se cernía sobre el cuerpo de su candente amante. El no profirió un grito cuando la cánida dama hundió sus colmillos en el cuello masculino destrozándolo.

No se quejó cuando su cabeza colgaba de una débil lonja de carne que la unía a su cuerpo. La muerte escarlata puso su gran pata sobre el pecho desnudo de la chica, que minutos antes henchido de deseo se dejó exponer, los ojos horrorizados de la joven y el grito atorado en la delicada garganta incitaron a la bestia.

El hocico babeante dejaba caer la vil saliva sobre la rosada boca que la bañaba como rocío de cualquier mañana primaveral.  Las uñas como cuchillas afiladas desgarraron piel y musculo, quebraron hueso y cartílago. Sacaron el corazón que aun latía enamorado.

Angelique devoró amor esa noche. Intestinos y húmedos órganos fueron su complemento.

La noche terminaba, el manto violeta del amanecer comenzaba a cernirse sobre el real palacio. Huellas rojas de grandes garras estamparon la verde alfombra de césped mientras se alejaba.

Una vez más a su hogar, una vez más a su perpetua celda de oro forrada.

Nuevamente el mausoleo familiar la acogió en su infinita locura y dolor físico. La transformación revertió su maldición. Musculoso cuerpo en grácil figura,  horroroso hocico en angelical rostro. Pelaje escarlata en rojizo cabello sedoso pegoteado aun por la sangre que se secaba formando un casco de vergüenza.

De pie, la dama recogió su ropaje escondido entre los muertos. Vistiose tímidamente.

El frío aire matutino la hizo respirar en un suspiro triste. Limpio su boca ensangrentada aun, ya sin hambre. El cercano río lavó sus cabellos más rojos aun por el vital líquido.

Salió del cementerio, enrumbó hacia su hogar donde debía llegar antes de que el astro rey toque los ojos de los que ahí vivían.


Detrás de ella un par de ojos la miraban, nuevamente la había encontrado. Esta vez no se salvaría. La muerte estaba escrita para el bello monstruo. Esta vez, ni su belleza solo comparada con el amor mismo, ni sus ruegos saliendo por aquella boca roja como el más jugoso fruto, ni la cabellera que enmarcaba la más bella obra de arte la librarían de sus balas de plata.


*Si deseas saber como fue la transformación de Angelique, click aqui

jueves, 20 de abril de 2017

ORGASMO

Mis ojos abiertos solo veían tu cuerpo sobre el mío, el vaho que tu piel expelía me envolvía en el torrente de deseo más sublime y salvaje. Nunca en mi vida tuve un hombre que me hiciera temblar la tierra, que me pierda en el placer y que me haga olvidar la existencia mientras me tenía entre sus brazos.

Tus largas caricias me embriagaban haciéndome abrir la boca en gemidos ahogados y algunos escandalosos. Tus manos manejaban mi cuerpo como si éste fuera una muñeca de trapo que encontraste en cualquier lugar.

Cada pose, cada sucia palabra,  cada mordida y arañazo sorpresivo me llevaban a un nuevo nivel del placer más febril.

Había encontrado al fin lo que tanto había esperado, lo que tanto había pedido, lo que solo vi en películas y que supuse, no existía o yo no conocía.

¿Cómo era posible que alrededor mío la gente hablara de sexo lujurioso, de actos en los que no escuchaban, no oían, no olían ni saboreaban otra cosa que no sea el cuerpo de su amante de turno?

¿Por qué yo solo veía el techo o el colchón y pensaba en qué tenía que comprar para la comida de la semana mientras era poseída por un cuerpo caliente pero no vibrante?

Yo era tan simple, tan sencilla en mi forma de ser, de vestir, de vivir.

Mi vestido azul había sido roto por ti, embestido por tus grandes manos que echaron mi pequeña canasta de costura sobre la cama tirando los carretes de hilo multicolores, centímetros y tijeras sobre ella.

Encima, mi cuerpo ya semidesnudo bajo el tuyo se envolvía en mil hilos que lo apretaban cada vez más llegando a cortar la piel en algunos lugares en los que hacías presión olvidado en tu propio placer. Mi piel no se quejaba, al contrario, disfrutaba de aquel placentero dolor que se dibujaba como mapa cartográfico del propio Eros en mi piel desnuda.

El éxtasis llegó al mismo tiempo, en alaridos bestiales, en movimientos salvajes, en sudores compartidos y respiraciones entre cortadas.

El primer orgasmo estaba a mis puertas, entre las dos delicadas medias lunas que cubrían la entrada a mi entraña eterna.

Gemiste como animal en celo, como salvaje ser en el acto más básico y carnal mientras llenabas mi interior con tu simiente.

Mis manos asieron las tijeras que con un corte certero te abrieron el cuello como la boca más provocadora a un beso. Fui bautizada por tu liquido tibio que caía a chorros cual río de añejo vino sobre mi blanco cuerpo. Tus ojos desorbitados y tu boca abierta en un grito silencioso me hicieron entrecerrar los míos en un orgasmo aparte.

La tibieza de tu sangre recorría cada centímetro de mi piel, cada pliegue , cada hoyuelo y convexidad. Mi boca se llenó de ella cayendo como delicada pileta por la comisura de mis labios.

Flotaba en un mar rojo sobre blanca sábana donde me hundía en lúbrica pasión. Las pequeñas olas que se formaban en cada movimiento de tus fúnebres espasmos me tocaban como pequeños dedos infringiéndome crueles cosquillas.

La blanca palidez reinaba en tu rostro vacuo de vida, tu postrero gemido fue comido por mi boca abierta que atrapó tu aliento final. Mis muslos aferraron tu miembro en su última embestida.

El peso de tu cuerpo sobre el mío como minutos antes había sentido; cobraba, esta vez, nuevo significado. Más pesado, más entregado, más mío. 

Totalmente mío, me cubría para nunca más sentir.

jueves, 2 de marzo de 2017

TREN

Jueves, 02 de marzo

7:51 am
La estación del tren borbotea de calor, el vaho que sale de las veredas y de las entrañas de la tierra, donde descansan los oxidados rieles, no hace más que ahogarme entre sus vapores.

7:53 am
Al fin lo veo venir, el sol destella sobre su cuerpo de metal pintado del más pulcro blanco. Las puertas se abren para dejar pasar al mar de gente que sale del interior de la bestia. De esas entrañas calientes que ahora esperan absorberme como al resto de los mortales que esperan conmigo.

7:53:58 am
Ya dentro, el monstruo de metal se mueve como si de la digestión se tratara. Me agarro de uno de los tubos de metal que alcanzo. Incomodidad. Escucho un crío que llora. Cuando aprenderán las madres que sólo ellas los aman y los soportan y no tienen que hacernos parte de las malcriadeces de sus engendros.

Todos miran los celulares, sus pequeñas pantallas resplandecen en los rostros mecánicos que los miran con diferentes expresiones. Unos con preocupación del jefe molesto que ya a esa hora los está torturando; otros sonrientes, tal vez con algún amor que envuelve sus cabecitas inocentes en sueños de opio incumplidos. La mayoría con gesto indiferente como sus vidas.

Llegamos a la estación central donde se baja gran cantidad de gente y sube otro grupo igual. Yo no, por supuesto, yo tengo que esperar entre los otros esclavos un largo tramo más.

8:05 am
Al fin me siento, igual ya no falta mucho para bajar. Mi mirada se pierde en las ventanas, en las cuales, por la velocidad, se observa más que rayas de colores en lo que deberían ser paisajes urbanos. Rojo, azul, verde, amarillo, blanco, la vida se nos escapa entre ellos, cada día igual al anterior y al siguiente. Inhalo y exhalo nada.

Cierro mis ojos mareado e hipnotizado por los matices que se despliegan ante ellos.

De pronto, un ruido ensordecedor, mi cuerpo golpeado por un puño gigante que me hace volar unos metros apaleandome en un dolor masivo. Oscuridad.

…... am?
El líquido tibio mana por mi cabeza cegándome un ojo, se introduce en mi boca con su sabor ferroso, lo escupo, no lo soporto. Lamentos y gritos lastimeros me abrazan, trato de moverme pero el dolor es insoportable. La asfixia me consume, abro mi boca para tratar de no ahogarme.  Oscuridad a mi alrededor. Sacudo mi cabeza para despabilarme. El peso me ahoga, me aprieta, me tritura.

Al fin veo algo de luz entre el túnel en el que parece que estoy. Con mis brazos me hago un pequeño espacio para sacar la cabeza y tomo una bocanada de aire que salva mi vida por ese segundo. Miro alrededor.

Sobre mí,  cuerpos mutilados, retorcidos como un cienpies aplastado cuyas patas se agitan en los esténtores de la muerte. No tengo fuerza para quitármelos de encima y me van sofocando lentamente.

Miro en torno, apocalipsis, el noveno círculo del infierno desatado. Mitades de cuerpos salen desde el techo de la bestia, que ahora por un giro del destino, uno diabólico y sanguinolento, se convirtió en masacrado suelo.

Aquel niño malcriado ya no llora, los celulares están apagados y todos los rostros tienen la misma expresión.

Los gritos me enloquecen, intento salir de mi prisión de carne.

El fuego avanza, comienza a quemar mis piernas que atravesadas por algún fierro permanecen inmóviles. Se prenden, grito salvajemente, me cocino vivo.

Mi piel revienta ardiendo deformada en burbujas supurosas, mi vista se nubla, los gritos se acallan…….

8:15 am

“Próxima Estación, La Cultura”, alcanzo a oír la mecánica voz antes de abrir los ojos agitado y salir corriendo maldiciendo a Morfeo por haberme pasado una estación. 


martes, 21 de febrero de 2017

ABNEGACION

La luz tenue del bar titilaba sobre su cabello rojo. EL sonido de las copas, botellas y conversaciones incoherentes se escuchaban como un sueño torpe.

Cruzó sus piernas acomodándose en el alto banquito del bar. Su falda se levantó hasta que casi se pudo ver la unión del muslo al nacimiento de las redondas nalgas.

Tomó la copa del verde licor llevándosela a sus labios, una gota cayó en el nacimiento de sus senos corriendo hacia el camino que se formaba entre ellos. La miró fastidiada, siempre le pasaba, era el castigo por tener esos grandes pechos. Con un dedo la recogió y se la llevó a la boca sacando la suave lengua para saborearla.

No era consciente del espectáculo que era para quien la mirara. O tal vez sí.
Debía llegar con comida para los niños, dependían de ella y no había sacrificio imposible para conseguirla.

Se dispuso a buscar algún incauto ya envalentonada por el alcohol y aquellos cigarros que daban tanta risa. Caminó por aquel lugar lleno de mesas marchitas. Su vestido de seda verde se pegaba a su cuerpo que se contoneaba a cada paso. Su cabello rozaba su cintura como los dedos de un amante lascivo.

Delante de ella, unos ojos ladinos la admiraban. No dudó en acercarse , se sentó a su lado y puso un cigarrillo en sus labios pintados del más profundo rojo. Esperó.

Su invitación fue aceptada encendiendo el pitillo y una bocanada de humo salió de su boca entreabierta cubriendo por un momento su rostro de sílfide.

Las copas fueron y vinieron sin que se dieran cuenta de los vuelos que el minutero daba alrededor de ellos

Ella, acostumbrada cada noche a beber para olvidar el cómo y solo recordar el porqué de lo que hacía, aguantaba los toqueteos perversos, los besos babosos, las palabras ofensivas de aquellos hombres que atraídos por su belleza y su distraída moral se acercaban a satisfacer sus deseos más bajos.

Ya entrada la madrugada se dispusieron a salir a dar rienda suelta a la negociación carnal. El quiso entrar a un motelito de mala muerte, esos en los que el baño es compartido por mil almas tal vez más perdidas que la de ella misma.

Ella no lo dejó, tenía un lugar propio donde, hasta lo que era posible, se sentía más cómoda desarrollando su labor.

Al fin llegaron, los niños dormían, todo era por ellos, porque aquellas bocas comieran y no lloraran de hambre como ya lo habían vivido anteriormente. Ella no soportaba la idea de verlos nuevamente en la calle muertos de frío y ansías de llevarse algo a la boca.

Entraron por la cocina al pequeño cuarto acondicionado para estos menesteres. Una desvencijada  cama de vieja madera los aguardaba.

El entró dejándose caer pesadamente sobre el colchón que apenas lo sostuvo, jaló la pequeña mano de ella haciendo que cayera torpemente sobre su rechoncho cuerpo. Sus manos sedientas de sexo la tocaron lascivas por cada parte que encontraron. Ella asqueada imitaba aquellos gemidos que lo llevarían al éxtasis y por ende, a perder la conciencia de la realidad.

Sólo era cuestión de aguardar. De esperar y aguantar un poco, un poquito más,  sus besos inmundos, su lengua repulsiva, sus manos obscenas hurgando cada deseada parte de ella.

 La enajenación llegaba al fin, la agitación del porcino hombre sobre su cuerpo lo delataba, sus jadeos animales y la saliva que caía de su boca hacia su rostro, la cual esquivaba como podía, la llenaban de la furia que necesitaba.

Empujada al extremo de la cama por las embestidas furiosas del degenerado, metió la mano bajo ésta y sus dedos tocaron su mango, la madera suave abrazada por su mano, madera salvadora y liberadora.  La empuñó con toda la fuerza contenida en su aun joven cuerpo y almacenada en años de impotencia y asco.

EL martillo de fuerte fierro le reventó la cabeza abriéndola en dos, los sesos salían deslizándose por lo que fue la frente y caían sobre los ojos llenando la cuenca vacía de uno de ellos que rebotaba en su rostro por el impacto.

No había muerto, ella cuidaba mucho que no murieran, solo deseaba que estuvieran a su merced sin poder defenderse y gozar de ver esa agonía, ese medio camino entre la vida y la muerte que se iba colando por cada seso y hueso caído entre pequeños ríos de sangre espesa y roja que se mezclaban con saliva y el humor acuoso del ojo reventado.

Disfrutaba de aquel vaivén del cuerpo vacilante y sangrante, atrapado en la decisión de morir de una vez.  El ojo colgando le daba un aire ridículo, a adorno navideño colgado de la rama del pérfido arbolito.  El tipo cayó de rodillas mientras los sesos caían entre sus dedos regordetes. La miraba con el único ojo, que perdido, ya no enfocaba la vida. Levantó una mano tocándose la cabeza abierta, sus dedos entraron hasta el cerebro palpitante, un sonido animal salió de su chueca boca, ahora deforme, un quejido escalofriante que helaría la sangre al ser más vil.

Se acercó a él blandiendo el martillo, lo levantó reflejando en su mirada su sádico placer, el infeliz trato de cubrir su rostro a lo inevitable. El martillo cayó una y otra vez, se hundió en el otro ojo, cegándolo, la sangre caliente salpicaba al piso y muros creando obras de arte entrañables, nunca antes mejor dicho.

El hombre babeaba ya desfalleciente, su cuerpo temblaba en espasmos que sacudían sus miembros inertes. Lo tomó de uno de los brazos y con gran esfuerzo lo arrastró hacia la cocina. Pues más era la excitación y el deber que su propia debilidad. Movía la cabeza tratando de mirar a través de las cuencas sangrantes.

Ahí estaba brillante, siempre limpia, siempre reflejando como ella iba acercándose con la carne del día.

Herencia de su madre que le había dado el mismo uso.

Como pudo sentó al hombre en la silla más cercana a la pequeña mesita, jaló el mismo brazo y con cuidado de cirujano metió los gordos dedos en la boca de la antigua moledora de carne que afilada esperaba su alimento.

Daba vueltas a la manija que movía las cuchillas, que cortaban y molían la carne que se les ofrecía. Estimulada por los quejidos sordos del hombre, que le demostraban que aun sentía un ápice de dolor,  hacia esfuerzos por darle vueltas a la manija para lograr moler musculo y cartílago.

Por el otro extremo, pequeños gusanos rojos y jugosos salían en un pequeño y primoroso plato decorado con pequeños gatitos rosa. Lo iban llenando hasta que se rebalsaba sobre la mesa. Había que sacar las uñas que habían quedado enteras. Los dedos fueron fáciles, los brazos se mezclaban entre el rojo del músculo y el blanco del cartílago formando gusanitos bicolor.

Se preguntaba hasta donde tendría que moler de él para que finalmente muriera, faltaba poco y sus quejidos se iban apagando. Al llegar al codo, tomó el machete cortando el brazo. El codo no se podía moler. Tendría que cortar el cuerpo en trozos.

Ese gordo le serviría para algunas semanas.

Los niños habían despertado por el ruido y el olorcito de la sangre fresca. Se acercaban asomando sus caritas curiosas, sus grandes ojos brillaron al contemplar sus platitos llenos de fresca carne.

“A comer mis niños” – avisaba la hermosa pelirroja con el vestido de seda verde pegado a su cuerpo, no solo por su voluptuosidad sino por la sangre y el sudor impregnados. Se agachaba dejando los platitos sanguinolentos en el piso de la cocina como las más afectuosa madre.


Los niños se acercaban presurosos humedeciendo sus boquitas en la carne recién molida y agradeciendo a quien la traía para ellos con los más amorosos maullidos. 


*Muchas gracias a Edgar K. Yera por la inspiración.

**Encuentren el sentir de la victima en la seguidilla Abnegación de Zesar.