martes, 27 de septiembre de 2016

PROYECTO FOBIA, CAPITULO 9: HUERTO DE GETSEMANÍ

*Capítulo 9 de la historia por partes perteneciente al Proyecto Fobia del Blog La Celda Acolchada, escrito por grandes compañeros y amigos. Si desea leer todos los capítulos anteriores y los que sigan, por favor clickear aqui: Proyecto Fobia.

Sentado sobre el barro donde un riachuelo de inmundicia corría bajo sus pies, apoyaba su espalda en el muro de fría piedra. Augie, con el rostro reposado en sus brazos cruzados sobre sus rodillas, no dejaba de llorar.

¡Clay estaba muerto! Era su único amigo y ¡él lo había matado! De un tirón se soltó de la mano que lo sostenía y no lo dejaba ver la cara de su amigo degollado por las garras del gran gato.

¡Él solo quería que los echaran como perros del circo! ¡Quería ver a Alyssa revolcarse en su miedo y enojo de patitas en la calle! Pero nunca pensó que Clay… el pobre Clay… El llanto cubría sus mejillas y corría por su nariz hasta la boca, metiéndose entre sus labios, teniendo así el sabor del líquido salino acompañando sus recientes recuerdos.

Corrió y corrió lo más rápido que pudo, hasta que al darse la vuelta, las luces del circo ya no se veían. El bosque se fue desvaneciendo dando paso a las primeras paredes de la periferia de la ciudad. Él no quería volver, jamás lo haría.
Su mente era un remolino de sentimientos, de imágenes deformes y de voces implacables que lo agobiaban recordándole su culpa.  

El karma lo perseguía en todos los aspectos, hasta el clima conspiró contra él comenzando una lluvia que limpió su cara de lágrimas, mas no su alma que, cada vez más, se deshacía en reproches.

Caminó abrazándose a sí mismo tratando de tolerar el frio de la madrugada que empezaba a aclarar el día.

Los obreros comenzaban a salir a trabajar llevando sus implementos con ellos y salpicando sus ropas con las gotas del sucio suelo mojado.  Augie pasaba a su lado siendo ignorado, como era costumbre en su vida, carente del más mínimo cariño y atención. Solo recibía alguno cuando su supuesta madre ponía la mano sobre él para propinarle algún castigo físico casi siempre por motivos absurdos. Y ya ni siquiera eso. Ahora estaba el péndulo.

El humo de las chimeneas de las panaderías lo atacaba y torturaba con su olor a pan recién horneado y hasta el aroma del café, que en algún momento lo había asqueado, le parecía ahora el más apetecible del mundo. Luego desarrollaría su gusto exagerado por el café de la mañana.

Se acercó a una de las cafeterías que iban abriendo a esa hora de la mañana a la espera de los empleados más responsables que pululaban desde las primeras horas.

Las mujeres murmuraban lo pobre de su situación mirando cómo se relamía con la vista de los alimentos pero ninguna de ellas era capaz de ofrecerle algo de comer.

Con el aroma del pan impregnando sus fosas nasales decidió tratar de conseguirlo haciendo algún pequeño trabajo que se le presentara, pero para un niño de su edad no era fácil conseguirlo.

Rendido estaba de caminar y cansado de recibir rechazos. Su estómago rugía recordándole al tigre que había asesinado a Clay y un rictus de congoja deformó su infantil rostro.

Nuevamente la tristeza y la culpa afloraban a sus sentimientos cuando un brazo rodeó sus hombros y una mano firme le apretó uno de ellos para después cubrir su raída y delgada camiseta con un abrigo que lo protegió del frío.

Su aliento era tibio y su rostro amable, su sonrisa lo hizo confiar en aquel hombre que le ofrecía un pan por primera vez desde que había huido.

—¿Qué haces por aquí, chiquillo? ¿Y tus padres? ¿Dónde están? —le preguntó interesado el sujeto muy bien vestido, mientras ambos comían en un pequeño restaurante de la zona donde el hombre lo llevó de la mano al ver su situación.

Augie no respondía, se limitaba a llenarse la boca con la comida ofrecida y a mirarlo con ojos agradecidos. Nunca había conocido una persona tan amable, que se preocupara por él sin que lo conociera o sin tener que darle nada a cambio.

El caballero acariciaba los rizos del muchacho sonriendo y advirtiéndole que no comiera rápido, que podía atragantarse con semejantes pedazos de pan. Augie sonreía entre dientes llenos de migajas mirando a su benefactor.

—Supongo que ahora estás muy ocupado para contestarme, pobre ángel. —Acarició con el dorso de la mano la redonda mejilla del niño esperando que terminara su plato.

Ya lleno, Augie se sentó descansando las manos en su vientre prominente.

—No, no tengo padres —mintió el niño sin mirarlo a los ojos—. Yo estoy solo, señor.

Los ojos del hombre brillaron ante la confesión del pequeño.

—Bueno, ya no lo estás, no creerás que dejaré en la calle a un muchacho tan guapo y listo. ¿Verdad? Dios nunca me lo perdonaría —le dijo al muchacho tomando su manita entre las grandes de él.

Caminaron así por las calles de la ciudad que ya rugía de gente que iba y venía con sus propios problemas.

Se detuvieron ante una hermosa casa de madera pintada de blanco. Su techo con tejados rojos dejaban ver debajo de ellos una ventana redonda que supuso sería el altillo.

Atravesaron el pórtico y el niño sintió el sonido de la reja cerrándose tras de él.  Al entrar, se sintió iluminado por las ventanas interiores que representaban imágenes de santos y vírgenes que lo miraban desde sus propios altares de vidrio.

A lo lejos recordó que en alguna ocasión había escuchado a Alyssa pidiendo a Dios algún favor a cambio de muchos rezos y penitencia ante una pequeña imagen de yeso que luego se perdió entre tantas cosas guardadas en la caravana.

Sus padres nunca le habían hablado de Dios o de la fe en él. Pero creía que un ser supremo así de glorioso no habría dejado vivir a un niño como él en el infierno que era su familia y menos aún, dejar morir a su amigo de esa manera tan cruel, por lo que dudaba de su existencia.

La casa era impecable y en cada rincón había alguna imagen sagrada. Sobre la chimenea que era la protagonista principal de la bonita sala, se lucía un cuadro de Jesucristo en el Huerto de Getsemaní, ahí donde el hijo del hombre había renegado de la suerte que sabía le había tocado.

—A veces, el hombre, aunque sea el hijo de Dios, tiene miedo —le explicaba su benefactor arrodillado a su lado, acariciando suavemente los brazos de Augie— Pero tú no debes tenerlo, estás aquí conmigo y no me atrevería a hacerte ningún daño, al contrario, pasaremos buenos ratos juntos, ya lo veras.

Revoloteó el cabello del niño con los dedos.

—Pero qué contrariedad, ni siquiera te he preguntado tu nombre ni me he presentado formalmente. Soy el Doctor Alexander Rontgen, para servirlo a usted, joven caballero. — Tendió su mano dándole un suave apretón al niño.

—August Remplelt, señor —masculló Augie, tímido aún.

—Llámame Alex —sonrió el médico.

Augie vivió sus días más felices en el lugar, no faltaba comida ni palabras amables. El Dr. Rontgen se encargaba de él en todo sentido. Casi lo sentía como un padre. Augie nunca había tenido la atención que el doctor le daba. Hasta le permitía escribir en un cuaderno que el mismo doctor le compró y le daba sus propias opiniones del infierno.  Y las muestras de afecto del hombre hacia él eran siempre frecuentes. Era la primera vez que el niño sentía cómo era el afecto físico  («Así debe ser el amor de padre», pensaba siempre al recordar las caricias del médico). Y él solo tenía que contestarle preguntas que el hombre le hacía regularmente y que Augie, a veces, encontraba un poco raras.

También inculcaba en él la fe por la religión y Dios como ser supremo de la creación. Ambos rezaban frente a aquel cuadro, sin dejar un día, a las tres de la tarde, pues esa es «la hora del Señor» en la que cualquier milagro pedido puede ser escuchado más que en cualquier otro momento del día ya que era la hora de su muerte.

—El cerebro humano es muy complejo, se divide en sectores en los cuales se desarrollan sentimientos y habilidades diversas. Ni siquiera nuestro señor Jesús pudo controlar sus emociones, míralo aquí en el Huerto, renegando del destino que su padre, Dios, le había concedido sin poder hacer nada por cambiarlo. Cuántos sentimientos revueltos habrá tenido dentro de su cabeza, odio, quizás, hacia el mismo Dios por ponerle esa prueba siendo él su propio hijo; impotencia por ser hijo del ser supremo y estar atado de pies y manos para cambiar su destino; rencor hacia un padre torturador que permitiría que se ensañasen con su cuerpo mortal. ¡Ah! ¡Augie! ¿No te gustaría entender esa complejidad del ser humano? ¿Saber más acerca del cerebro y las motivaciones que lo mueven? Cualquier sacrificio vale la pena para conseguir ese conocimiento, ¿no te parece?  —le comentó al niño con una luz brillante que rodeaba el iris, terminando fulgurante en la pupila, mientras masajeaba entre sus dedos la cabeza de Augie.

Aquel día aciago, Augie había terminado de desayunar y jugaba con sus caballos de madera y plomo que el doctor le había regalado con la única condición que después de jugar arreglara su habitación o el lugar donde estuviera jugando, pues la casa, siempre llena de pulcritud, no podía lucir desordenada.  El gran televisor, en su mueble de madera, estaba encendido como le gustaba al doctor, el volumen siempre alto era imposible de bajar, era una de las pocas cosas que el Dr. Rontgen le había prohibido, por lo que el niño no lo tocaba temiendo poder molestar a su benefactor. Augie, no obstante, se quedaba fascinado, nunca había visto un televisor y podía pasar mucho tiempo mirando cada programa que aparecía.

El niño devolvió los juguetes a sus estanterías y se acercó, como solía hacerlo, a aquella puerta, siempre cerrada, detrás de la cual el doctor desaparecía diariamente por horas. Posó su rostro en ella tratando de escuchar la actividad de adentro y saber en qué ocupaba el doctor su tiempo. Sin querer, apoyó su brazo en la manija de la puerta, la cual se inclinó hacia abajo haciendo que la puerta se abra rechinando suavemente.


El niño trastabilló hacia adentro, sorprendido al mismo tiempo por la puerta sin asegurar, cayendo de rodillas dentro del lugar que se profundizaba en una escalera que se perdía en la oscuridad de un sótano, en el cual, los sonidos de botellas de vidrio chocando, música de ópera a bajo volumen y la voz del mismo doctor, no podían cubrir del todo los gritos lastimeros.